Me impresiona verte salivar a escondidas, a duras penas conteniendo las impertinencias que casi que se te rebalsan del balde de agua sucia que es tu cabeza. Dame, dame, dame. Madame, amadme. Se te escapa el diablo que con tanta saña metes para adentro, empujándolo con su propio tridente "- adentro, perro!" y él gruñe pero obedece. Se te tiñen los ojos de loco, loquito, loco. Y la obsesión que cuidas desde que era un pajarito, chiquito, bonito, es un águila que ha anidado en el acantilado del que ahora te dan ganas de tirarte para zambullirte entre las olas del mar. El mar, objeto de tu amor desmedido y arrogante. Plantaste, como un conquistador loco, bandera en el agua, sin darte cuenta que no es más que arenas movedizas azules y te estás ahogando, que la bandera se hunde y que a tu alrededor flotan los cuerpos de los marineros rabiosos de amor por las sirenas esqueléticas. Las nereidas abren la boca y brota como petróleo un cántico, cada vez mas alto, cada vez mas fuerte, retumba como un beso en medio de una guerra. Un niño aporreando las teclas de un piano, uñas contra la pizarra, dientes contra el metal. La melodía sube, sube, sube y vos bajas, bajas, bajas.

La tristesa se hace permanente cuando tus cuentos no nos acarician el alma.
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