Abrí los ojos, y ahí estaba. Sentada en mi dedo pulgar, con esos ojos tan grandes y tan terribles. Esperanza se llamaba. Que raro pensé, tenía cara de melancolía. De crueldad casi. Temblaba, no de miedo, sino como tiemblan los espejismos. Los colores le cambiaban con cada estremecimiento. Colores cuyos nombres desconozco. Le guiñé un ojo y la acerqué a mis labios, nos miramos de vuelta, yo saqué la punta de la lengua y ella sonrió aliviada, con un salto se posó en mi lengua. Yo casi bizca la vi humedecerse y derretirse en mi piel, dejando en su lugar una mancha negra y ácida. Se me dieron vuelta los ojos y se me retorcieron los dedos de los pies mientras Esperanza se acomodaba. La escuché reír por lo bajo entre mis amígdalas y tragué.
Que sencillo jose y cuantas cosas contas en este cuento. Muy bueno.
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