miércoles, 25 de junio de 2014

La Denuncia

¿Quién lo diría? Pienso mientras un temblor incontrolable me sacude. El olor nauseabundo de la sangre podrida se arrastra a través del basural y se aferra a mí como una garrapata ¿Quién lo diría? Ciertamente no mi madre, quién se rehúsa a creer. Ciertamente no mi hermano, quién todavía no tiene edad para creer. Ciertamente tampoco lo hubiera dicho yo, el único creyente, el que se arrancó la mordaza a fuerza de panfletos anónimos y reuniones a oscuras. El hombre de ojos grises, el que tiene el revólver, me mira sin verme porque esas son sus ordenes, me mira sin verme porque hoy no soy un ser humano soy un perro que muere entre la basura, me mira y no me ve porque el que me vio fue otro, la denuncia está hecha y no es su lugar preguntarse por qué. Alza la mano, mano que acuna una muerte negra y anónima. Hoy me voy a morir porque quise ser libre. Tiemblo y las gotas de sudor helado que resbalan por mi frente se funden con las lágrimas que no puedo contener, porque la muerte no es aquel lecho de flores y susurros finales que tantos autores han retratado. La muerte es indigna y cruel. No merezco morir y sin embargo el mañana para mí ya no existe. Aquel mañana por el que luché, aquel mañana por el que, en esta noche fría e infestada de estrellas brillan sin piedad, me encuentro cara a cara con mis asesinos. El tiempo se detiene cuando me miro con el agujero pequeño y mortal que de un momento a otro rugirá anunciando el final, un dedo índice que será responsable del vacío que quedará, cuando ya no respire, en la vida de aquellos que se estarán preguntando hoy, ahora, en un murmullo velado dónde estoy y aguardan mi retorno. Perdón mamá, hoy no voy a volver a casa.


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