Si
somos tiempo, él no es nada. El hombre se mira las manos, sus dedos son largos
y elegantes. Manos de médico. Las mira sin reconocerlas. En sus ojos anidan
multitud de nubecillas blancas, su mirada antes aguda y brillante vagabundea
sin rumbo entre los pliegues de su piel oscura. Por el pasillo avanza una niña,
las pulseras que se amontonan en un bracito regordete repiquetean con cada
paso, se aferra a la mano de su madre y frunce el ceño. No le gusta el olor de
este lugar, le recuerda al jarabe para la tos. El hombre las ve entrar y algo
se agita en su interior, sabe que debería saber quiénes son, se retuerce las
manos avergonzado. El recuerdo baila entre las tinieblas, un milímetro fuera de
su alcance. La niña se adelanta y el ruido de campanitas inunda el aire, sonríe
una sonrisa llena de dientes pequeñitos. La cara del hombre se ilumina cuando
le devuelve la sonrisa a su hija, ella toma su mano, se presenta y comienza a
relatar su semana en el jardín. Su padre la escucha embelesado. Las enfermeras
le enseñaron que su papá es diferente y hay que contarle todos los días lo que
a otros papás se les cuenta una sola vez. Su madre se encuentra todavía en el
umbral, mira a su marido quien a su vez se mira con una hija a quien apenas
reconoce. Tres años antes, es el primer cumpleaños de su hija, el hombre, en
aquel entonces no hombre sino padre, le canta una canción de cuna al bulto
pequeño y cálido que tiene en brazos. Dos años antes, el hombre ya casi no
padre, está parado en una esquina, buscando el auto, no recuerda dónde
estacionó, su hija está adentro. Un año antes, caminan los tres hacia el hogar,
la niña ya no es hija sino niña, va en el medio y tararea para el hombre una
melodía lejana. Ahora, la madre apoya la cabeza en el marco de la puerta, su
hija y el hombre tararean al unísono, sonríe una sonrisa tan triste como sus
ojos y entra. Alzheimer le dijeron, lo que no le dijeron es que iba a doler
tanto.

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