martes, 24 de agosto de 2021

De toda corazón.

Arranqué amando de muy chica. 

Nací siendo toda corazón. 

Una de mis primeras amaciones aconteció en el casamiento de una amiga de mi mamá en el que como centros de mesa habían usado pajaritos en jaulas minúsculas. Cookie, así le decían, me vio sentada con el corazón partido y mientras todos bailaban me preguntó - ¿Querés que los liberemos? Me imagino que le dije que sí porque acto seguido nos pusimos a abrir una por una las puertitas. De los pajaritos ya casi no me acuerdo, pero de Cookie nunca me olvidé. 

Después de eso tuve las amaciones clásicas de toda personita de seis años que se precie: los helados en forma de O, los monitos del zoológico,  Gaby mi maestra del jardín, Nacho - cuya amación no duró demasiado y fue rápidamente reemplazado por Tomás - los girasoles bordó que plantaba mi abuelo, mi abuelo, las campanas doradas que colgaban en su casa, las flores chiquitas y blancas que hay en el pasto, Sarita una galga blanca y negra que encontramos en la calle, la cebra de la calesita del Patio Bullrich '- a ésta cebra me gustaría hacerle una mención especial pues fue casi una obsesión a través de la cual me familiaricé también el odio porque cada vez que llegábamos y había un nene subido mancillando mi noble corcel me hervían las venas, si las miradas mataran no se cuantas almas pesarían sobre mi conciencia; Y por último mi amor mas intenso e inmenso de todos: Cristita. 

Cristita era una gatita amarilla de juguete que me regaló mi papá, tenía los ojos verdes, las patas blancas y la nariz rosada, sus orejas eran suavecitas como terciopelo, perfectas. Cristita era mi fiel compañera, a todos lados a donde iba yo iba ella colgada de mi mano; Incluyendo al club andino a escalar montañas, favor tener en cuenta que para escalar montañas generalmente uno requiere de ambas manos. Me acuerdo que el líder de expedición me devolvió a mi mamá luego de un día particularmente difícil diciendo que le parecía que "todavía era muy chiquita". A Camila, mi hermana, Cristita le generaba lo que a mí los niños subidos en mi cebra, odio desmedido y visceral. Me había prohibido involucrar a Cristita en nuestros juegos así que teníamos una piedra designada a dónde yo debía depositarla para poder jugar con ella lo cual para mí era desgarrador. Un par de veces nos pasó que de camino al colegio nos dabamos cuenta de que Cristita había quedado en casa y a mí me agarraba un ataque de llanto tal que a mamá no le quedaba mas remedio que volver. Otro par de veces alguien cometió el pecado de meter a Cristita en el lavarropas, solo voy a decir que cuando la encontré colgando de las orejas en el tender casi me desmayo.

Eventualmente mi amor por Cristita se fue haciendo mas planito, ya no el agujero de pasión febril que supo ser y me la fui olvidando. De mi amor solo quedaron los pelos apelmazados de tantas caricias, los ojitos rayados y la nariz masticada. 

(Sigue) 




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