La Ponderosa era un reino cuyos límites delimitaba únicamente nuestra imaginación. Los árboles tenían vida, las gallinas personalidad y los gatos abundaban. Durante el verano, todas las tardes nos entregábamos de lleno a la construcción de una plaza artesanal atrás del galpón, armábamos un sube y baja -a veces también utilizado a discreción como catapulta - con tablas y un tronco, inventábamos hamacas y sogas - puente. Justo Chiguay, jardinero y enemigo del pueblo, destruía la plaza todas las noches antes de irse sin excepción. El ciclo se repetía ad infinitum. El resto del tiempo lo ocupábamos en la exploración de la naturaleza y sus misterios. Aunque teníamos estrictamente prohibido experimentar con huevos, nuestra abuela solía pillarnos infraganti tres o cuatro veces por semana muy compenetradas en medio de algún complicado proceso alquímico que involucraba varios elementos, entre ellos los huevos prohibidos. En esos momentos era cada soldado por su cuenta y corríamos a toda velocidad por nuestras vidas. Beli nos seguía de cerca como una topadora al grito de: "¡Hay niños que se mueren de hambre!". Esperábamos escondidas abajo de las araucarias o entre las frambuesas a que sus gritos se apagaran y volvíamos sigilosamente a ver si el secreto de la vida nos había sido revelado entre las yemas. Nuestro frenesí de cientificidad terminó con un desafortunado incidente que involucra un pollito a medio armar y que no me dejó dormir por varias noches.
Yo era una chiquita meditabunda y miedosa. Estar sola me aterraba, así que andaba cual garrapata colgada de Camila, mi hermana, quien percibía la situación ventajosa en la que mi miedo la ubicaba y utilizaba el privilegio de su compañía para extorsionarme. Una vez me convenció de que me meta y ruede barranca abajo dentro de un barril, ambas bajo la falsa ilusión de que sería una experiencia maravillosa y divertida. Spoiler alert: No lo fue. Ese día conocí el poder de la fuerza centrífuga. Cuando finalmente dejé de rodar, gateé afuera del barril despeinada, sucia, escupiendo bichos y tierra, para gran regocijo de Camila. En esa loma también nos persiguió un día un enjambre de abejas. Como era una espléndida hermana mayor, Camila, al ver cómo se alzaba la nube enfurecida de insectos, agarró la -sí, "la" singular- bicicleta en la que habíamos llegado y se mandó a mudar pedaleando a todo lo que daba mi - sí, mi- bici rosada. Cuando finalmente llegué a casa, sin aliento y con el pelo emitiendo un extraño zumbido, descubrí que no solo me había dejado sino que además había cerrado todas las puertas y ventanas "por las dudas". Ese día me picaron dos abejas en la cabeza.
En esa época el agua era uno de mis múltiples y coloridos temores. Así que cada vez que, muy a mi pesar, me mandaban a bañarme, veía desconsolada como mi mamá se daba media vuelta para ir a cocinar y quedaba Camila asignada a la protección de mi bienestar emocional. En ese baño surgieron los juegos mas divertidos y los cuentos más alocados, para evitar que Lucifer se aburriera y me dejara a merced de las pirañas de bañadera; algo que, podrán intuir, pasaba bastante seguido. Una noche, mientras me bañaba y mi hermana montaba guardia, escuché el ruido del motor del Pointer de mamá. Para desgracia mía, Camila también lo escuchó y con una sonrisa que nada tiene que envidiarle a la de IT se levantó de donde estaba, aburridísima esperando a que yo termine, y se retiró sin más. En este punto es importante aclarar que, en aquellos tiempos pre-modernos que corrían, todavía había una (1) computadora por familia y la nuestra estaba en la casa de mis abuelos, cerca pero no tan cerca como para ir caminando un día de nieve y frío. Así que mamá agarró el auto y emprendió muy campante el corto recorrido. Cuál no sería su sorpresa cuando miró por el espejito retrovisor y vio un ser antropomorfo todo mojado con la cara desencajada por el llanto, con una toalla de capa aleteando al viento, corriendo atrás del auto rogando por su vida. Todavía se ríe cuando se acuerda. Demás está decir que a mí no me causó un ápice de gracia.
Mi nivel de miedo generalizado era bastante constante y bastante alto: le tenía miedo a los Gremblins, a Camila, a los cordones desiguales, a los cordones normales, a las trencitas desiguales, a ponerme zapatos nuevos, a las puertas cerradas, a Justo, a los patos, a Gollum, al chupacabras, a la oscuridad, a las copas de los árboles, a las arenas movedizas y así hasta llenar ciento veinte millones páginas. Pero a lo que más, requetecontra re más le tenía miedo era a que me dejen; lo que nos lleva indefectiblemente a mi papá, a quien todavía no tengo muy claro si dejamos o nos dejó, pero la cuestión es que de un día para el otro dejó de estar. A quién no le ha pasado ¿no? Pero volvamos a lo que nos compete.
El padre de Justo, quien recordarán encarnaba el mal y era nuestro enemigo acérrimo, era y aún es -gracias a Dios- Seferino Chiguay, quién también formaba parte del paisaje de La Ponderosa y de nuestra vida. Pero a diferencia de su hijo, Chiguay era más bien un espíritu bonachón y protector. Ante la duda, siempre podíamos encontrarlo en la quinta, pala en mano: un señor gordo y bajito, de ojos celestísimos, agachado sacando yuyos de entre las lechugas, riéndose a las carcajadas y tosiendo a los gritos mientras me decía "cabeza 'e zapallo". Gritaba más que nada porque era sordo pero yo creo que en algún punto un poco le gustaba hablar así. Siempre que me animaba emprendía la travesía, alentada por el recuerdo de las tortas fritas que hacía Elvira, la mujer de Chiguay, y me iba a visitarlos. Luego de caminar un rato cruzando "La Niña Bonita", como había bautizado Chiguay a la hectárea de frambuesas que separaba su casa de la nuestra, veía la casa de la familia Chiguay aparecer de entre los árboles, chiquita y completamente rosada, con un portoncito de madera, tres perros diminutos y diabólicos apostados en el puerta que se llamaban todos Pinky y un gallo negro que era el líder de la banda criminal que conformaban. Si tenía suerte, me abría enseguida Elvira y me hacía pasar. Si no tenía suerte, Justo me miraba por la ventana un rato mientras me perseguían todos los Pinkys y el gallo. Para mi cumpleaños número siete, Chiguay me regaló un corazón tallado en madera con la inscripción "Con Amor para José de pte. de S. Chiguay ". Fue el regalo más lindo que me hicieron en mi vida. Todavía lo tengo colgado en mi cuarto.
Cuando aconteció la trágica y a la vez no-tan-trágica-como-podría-haber-sido 'noche del asalto', como denominamos el episodio en el que cinco hombres intentaron hacerse con una caja fuerte inexistente en la casa de mis abuelos, fue a la casa de Chiguay a la que corrimos a campo traviesa; yo con los zapatos más incómodos del planeta y Camila en pijama. Ese día conocí un miedo más afilado y terrible que cualquiera de los que me habían atormentado hasta entonces. Teníamos tanto miedo que hasta hicimos una tregua en nuestra guerra infinita con Justo y fue de la mano de él que, una vez alertadas las autoridades, llegamos caminando de vuelta a casa, una de cada lado. Mamá salió corriendo a nuestro encuentro. Tenía los ojos más grandes y más verdes que le vi en la vida y estaba casi más asustada que yo, que - como ya hemos establecido - es decir un montón. Después me enteré que ella vivió una secuencia infinitamente más aterradora y que estaba convencida de que estos tipos nos habían secuestrado. Por mi parte, una vez superadas las formalidades post-secuestro que involucran el reencuentro con seres queridos, me recuperé como por arte de magia cuando vi que entre las fuerzas que acudieron al rescate estaban nada más y nada menos que los bomberos, con camión y todo. Rápidamente el robo, los ladrones y la delirante pero férrea convicción de que toda mi familia había sido diezmada y que Chiguay iba a tener que adoptarme - y que Justo (¡Justo!) iba a ser mi nuevo hermano - quedaron en el olvido.
Eventualmente, los "invaluables" ítems secuestrados -cuatro o cinco ceniceros de cobre en forma hojas, un par de mocasines y varios cencerros de diversos tamaños- fueron recuperados y devueltos a su legítimo lugar en el living de mis abuelos, y uno o dos días después volvimos al colegio. Yo recién empezaba segundo grado y, siempre fiel a mi amor por el dramatismo, me acerqué a mí maestra Mabel para pedirle en voz baja y tono sombrío que por favor nadie me preguntara nada. Después dediqué el recreo entero a pasearme alrededor de la bandera del patio, cual héroe de guerra herido, regocijándome en las miradas furtivas de mis compañeros que se morían de ganas de saber que había pasado. Solo me faltaba arrastrar una pata y envolverme en una bandera argentina. Me sentía el Che.
En el colegio mi amiga más amiga era Débora, no sé cuál era su apellido. Débora Sinapellido tenía tres hermanos y vivían todos en una casa de cemento en el barrio Las Victorias. Cuando fui a su casa por primera vez nos sentamos todos en la mesa a cenar salchichas con puré, y sucedió algo que me sorprendió muchísimo. La mamá le pidió al hermano más chico de Débora que diera "las gracias". Yo que pensé que eso solo pasaba en las pelis no supe bien si cerrar los ojos o qué, así que los dejé abiertos. En casa también teníamos nuestra espiritualidad, pero distinta. Rezábamos con mamá antes de dormir, sin manos, solo con los ojos cerrados y diciendo "Diosito guíame, protégeme, ilumina la lámpara de mi corazón y haz de mí una estrella fuerte y brillante", pero nunca fue algo obligatorio ni demasiado serio. Cuando no tenía ganas le pedía a mamá que rece por mí y listo. Cristo, La Virgen y demás personajes nunca fueron parte de nuestra vida cotidiana, hasta el día de hoy no tengo idea de para qué lado hay que persignarse. Yo interpretaba lo álmico con gran libertad. De hecho, como la palabra "Diosito" tenía dentro de sí la palabra "Osito" lo relacioné con nuestro perro, Osito, y hasta el día de hoy me imagino a Dios como una cabeza gigante de perro marrón atigrado saliendo de entre las nubes.
En fin, volvamos a la historia. En el Simón Rodriguez, el colegio en el que empezamos la primaria en Bariloche, Mabel, con su pelo color arena y ojos amables nos tomaba pruebas que venían impresas en una hoja minúscula, que consistían de solo dos cuentas y si no te salía no había problema, la próxima seguro te iba mejor. Una filosofía muy pedagógica. Mi mamá eligió el colegio justamente por eso, para que nos aclimatáramos mejor y más cuidadas al cambio de ciudad. Al Simón un día nos fue a buscar mi papá; hace tanto tiempo que no lo veíamos que no lo reconocimos. Ante mis ojos era solamente un pelado raro que me miraba. Se quedó parado, mirándonos, esperando que empezaran a girar nuestros engranajes cerebrales. Camila fue la primera en reconocerlo, salió corriendo a abrazarlo y yo -tarde pero seguro- salí corriendo atrás. Papá quedó bastante ofendido y hoy en día cuando lo hablamos siempre me reprocha: "No me reconociste". En aquella época él se había autoconvencido de que nos lo íbamos a olvidar. Nos mandaba regularmente cartas preguntando si todavía nos acordábamos de él y nos contaba de sus cruces con jabalíes salvajes, luchas con tiburones en mar abierto y algunas aventuras de la vida en la ciudad. Las cartas iban dirigidas a "Ardillín y Chanchín", aquel que nos conozca a mí y a Camila no tendrá demasiado problema en adivinar quién era quién. Y para aquel que no me conozca solo diré que entregaría sin dudar mi alma a cambio de una molleja. Todas sus cartas terminaban igual: “¿Ya se olvidaron de mí?”
De más grande me enteré que en sus cartas también nos decía que no podía venir porque no tenía plata, y que Camila en los sobres con nuestras respuestas le mandaba adentro todas las moneditas que encontraba entre los asientos del auto. Cada una procesó la ausencia de papá a su manera: Camila extrañandolo desesperadamente y yo con mis miedos bizarros y mi obsesión con Cristita, un gato de juguete que me regaló antes de que nos fuéramos. No me acuerdo haber vivido con él. Ni siquiera cuando vivíamos en Buenos Aires, allá por el 1995, en Ayacucho y Peña. Teníamos un departamento en planta baja con un baño rojo en el que Camila atravesó su etapa de tirar todo lo que podía por el inodoro, incluyendo un par de zapatos. Capaz estaba somatizando la separación de nuestros padres que también tiraron proverbialmente la vida conocida por el inodoro, no sé. Cuando empecé a tener memoria, mi mamá y mi papá ya no se hablaban, y cuando nos tocaba pasar el día con él, lo esperábamos sentaditas en el alféizar de la ventana que daba a la calle.
A mí me parecía un método brillante y divertidísimo, pero en retrospectiva me doy cuenta de que mi mamá lo hacía para no cruzarlo ni dejarlo entrar. En Ayacucho quedaron prohibidos los Ovidios después de un episodio en el que entró y arrasó con todo lo que se le interpuso porque quería nuestros documentos. “Todo lo que se le interpuso” era mi mamá. Camila y yo espiábamos escondidas detrás de la puerta de la cocina. Cuando se calmó, nos quiso llevar a tomar un helado. Camila fue. Yo me quede en casa porque estaba convencida de que nos iba a secuestrar. No sé de dónde saqué esa palabra a esa edad pero así lo sentí. Después de un tiempo se pasó a implementar el método de la ventana. Papá nos levantaba de ahí y nos íbamos a pasear al zoológico a ver a nuestros monitos amigos, nos dejaba juntar el pasto que crecía cerca de su jaula y dárselos en la mano. A mí no dejaba de sorprenderme que los monos tuvieran las manos idénticas a las humanas. Al tiempo nos mudamos a Bariloche a vivir con mis abuelos en la chacra. Mamá era muy joven, papá muy cruel y nosotras muy chiquitas.
La verdad es que casi ni me di cuenta cuando nos fuimos de Buenos Aires. Pensé que nos estábamos yendo de vacaciones. Nuestra casa, que era igual de rosada que la de Chiguay y por eso le decían "La Rosada", era originalmente un garage inhóspito que mi abuela usaba para hacer dulce de frambuesa. Cuando nos mudamos para allá, al principio dormíamos las tres en un cuarto. Debo añadir que para mí fue una circunstancia 100% ideal y que siempre recordaré como un momento de absoluta plenitud y felicidad. Lamentablemente, al tiempo de nuestra llegada, empezaron la obra para agrandar la casa y agregar una cocina, un baño, nuestro cuarto, etc. El maestro mayor de obra se llamaba Ariel. Tenía un bigote, olor a cemento y me hacía acordar al castor de un libro que leíamos que se llamaba Archibáldo y que también era carpintero. Un día cuando volvimos del colegio nuestro cuarto estaba terminado y era un sueño; las paredes estallaban de animales y juguetes y arriba de cada cama había una guirnalda de moños. Esa primera noche en la que el cuarto estuvo listo y debíamos estrenarlo, igual dormimos las tres abrazadas en la misma cama en el escritorio de mi abuelo como veníamos haciendo. Teníamos también un juego de sillas rosadas diminutas en las que nos instalábamos todas las noches a ver alguno de los doscientos vídeos provistos por nuestra tía Jackie cada vez que venía de visita de Estados Unidos. En ese entonces apareció en nuestras vidas Blanquita, la hija de Chiguay, que se convirtió en nuestra niñera oficial y compañera de aventuras. Tuvo conmigo paciencia infinita y me supo sobrellevar en mi peor época, cuando solamente me dejaba lavar el pelo en la bacha del baño. Su actividad predilecta era elegir qué película íbamos a ver ese día. En este punto resulta menester aclarar que las pelis estaban todas en inglés y ninguna de las tres entendía una sola palabra, pero suplíamos nuestra falta de idioma con un nivel de concentración inquebrantable. Una semana nos taramos y vimos “Nemo” seis días seguidos.
Sin embargo, mi actividad preferida era leer. Mi momento mas amado era cuando, sumergida en la calidez de mi plumón, estiraba la mano y elegía alguno de los cuatro o cinco libros de turno que tuviera esa semana en la mesa de luz. Leía vorazmente cuanto libro cayera en mis manos, algunos de Wilbur Smith - definitivamente no aptos para todo público - inclusive. Entre mis libros favoritos estaban todos los de James Herriot, veterinario de campo y los de Vitus Droscher, etólogo. A Vitus me lo encontré por primera vez en Mar del Plata durante uno de los veranos eternos que pasabamos con Papá en la casa de mi abuela paterna Omi mientras revolvía cajones buscando algún paliativo para sobrellevar para los castigos infinitos e inmerecidos que aplicaba Papá a diestra y siniestra y que consistían en encerrarnos durante horas en algún cuarto o baño. Ese día me encontré con rejunte de papeles a los que sería muy aventurado llamar "libro" porque el estado de las hojas era mas parecido al de un pergamino bíblico - eran cien o ciento veinte páginas amarillentas aferrándose a duras penas al lomo, en la tapa había dos hipopótamos y se leía en letras amarillas "Calor de Hogar". Ese verano cuando volví a Bariloche obsesionada con mi rejunte de hojas, mi mamá consiguió toda la colección y así dimos inicio a una maravillosa época en la que yo recurría a las enseñanzas del mundo animal para justificar todo aquello que pudiera. Por ejemplo me resistía a ordenar mi cuarto recurriendo al ejemplo de unos pájaros que dejaban que su nido se llenara de porquería porque en esa porquería florecían los gusanos que alimentaban a los pichones, y nadie es más sabio que la naturaleza.
La vida en el exterior también era exuberante. Con lo que sobró de madera Ariel El Carpintero nos construyó una casita de juguetes en el jardín, que era en realidad mas parecida a un monoambiente. Tenía ventanas y una puertita para que entren los perros. Todo en la chacra me fascinaba, desde los ladrillos de la galería, llenos de bichos bolitas, hasta el corral de las Batarazas, hasta el barril lleno de avena que había en el galpón en el que Camila y yo nos sumergíamos de vez en cuando. Mi abuelo vendía huevos de gallina, y tenía un galponcito de madera pintado de verde en el que los almacenaba. Escribía las razas y fechas en los huevos, con un lápicito ínfimo al que le sacaba punta con su cortaplumas. Yo lo acompañaba todas las mañanas en su recorrida por los gallineros juntando huevos y los ponía diligentemente en una canasta, en realidad más bien recibía los huevos que Pa me daba. Aclaro que no me metía per se a realizar la colecta propiamente dicha porque los gallineros son oscuros y quién sabe qué demonios se ocultan entre la paja.
Pa, mi abuelo y persona preferida, era en aquel entonces una fuerza de la naturaleza, obsesivo del orden y amante del chocolate, al alba partía a hacer sus rondas por la chacra. Iba con las manos entrelazadas en la espalda, el pelo blanco peinado hacia atrás, a paso lento pero seguro, recorriendo los corrales de las gallinas asegurándose de que todo estuviera en su lugar. Pa -quien en realidad se llama, atención: John Launcelot Lowther- se pasaba las tardes dentro del invernadero, dejando caer una por una semillas diminutas dentro de su correspondiente agujerito en los almácigos que preparaba para trasplantar en primavera. Las plantas lo amaban tanto cómo él a ellas, hacía crecer los zucchinis más grandes, los tomates más rojos y las lechugas más frescas. Está habilidad de sacar lo mejor de cada cosa se trasladaba a todo su alrededor: A las gallinas, que eran todas regordetas y mansas, a las varias Bandurrias salvajes y heridas que Pa encontraba y cuidaba y que años más tarde, libres, seguían volviendo a casa a su encuentro. Y sobre todo a mí. Pa flipaba conmigo, todo lo que yo decía le parecía un chistazo y todas mis ideas para él eran brillantes. Hacíamos el crucigrama juntos, un dia una de las preguntas era por un “ofidio reticulado que habita el amazonas” y cuando yo sin dudar dije “Anaconda” Pa no lo podía creer. Hoy en día pienso que capaz que era una respuesta bastante obvia, no creo que haya tantos ofidios reticulados que no sean anacondas, pero ese día me sentí Einstein. Mi presencia a su lado era una constante, él sentado en su sillón y yo en el ventanal al lado suyo mirando el lago. Pa periódicamente levantaba la vista del diario y me preguntaba “¿En qué pensás Bichito?”
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