Con todo lo que hablo es sorprendente como me las arreglo para no decir nada. En realidad, me la paso recortando fragmentos y mis verdades suelen ser a medias. Cómo no me gusta decir cosas que hacen que las personas se hagan mas chiquitas, termino achicandome yo. Y lo peor, o lo mejor, es que me sale tan bien que me creen todo. No decir es mi segunda piel. Y mi casa, tendrían que ver mi casa: tiene estanterías en todas las paredes, y ahí es a donde guardo mis frascos llenos de verdad. Los frascos están por todas partes, son de todos los colores y de todos los tamaños. Mi mesa de luz está llena de los que son redondos y petizos, adentro tienen tierra roja, arena blanca y a veces brota algún que otro trébol. En la heladera, los frascos son mas grandes y altos, elegantes casi, llenos de líquidos azules, turquesas y violetas. Abajo de mi cama están, ordenados en filas rectas, uno al lado del otro, casi doscientos frasquitos chiquitísimos de color negro. Los rosados a veces los uso de floreros. Las etiquetas están escritas con letras puntiagudas e ilegibles, solo las entiendo yo. Pero a veces pienso en lo cansada que estoy, y en cuanto me gustaría abrir uno de los frascos, solo uno.

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