Cuando me arrancaste el corazón con las manos pensé que brillaba con la fuerza de mil estrellas, la luz se escurría por entre tus dedos ensangrentados. Tus ojos recorrieron mi cuerpo como un escalofrío y me sonreíste tan triste y tan rendido que de impotencia. Quise sacudirte, gritar, pero por favor no me mires así. Aún con la carne hecha trizas, quise levantarme y espantar la tristeza de tus hombros, acariciarte los párpados, acunar tu cabeza entre mis brazos y susurrarte al oído que todo iba a estar bien. Vos empapado en sangre y yo llena de luz. Pero no me moví. Tus dedos se clavaban brutalmente en el corazón humeante, como si fuese escaparse, con tanta fuerza que tus nudillos se pusieron blancos y tus uñas rasgaron las delicadas paredes. Con una mano alzaste con ternura infinita mi cabeza, débiles latidos escapaban del puño apretado que sostenías sobre el agujero grotesco que desfiguraba ahora mi pecho. Me recordó a la canción de un pájaro moribundo. Las sombras avanzaban como una manada de lobos hambrientos devorando la luz que se debilitaba y retrocedía con cada latido. Pensé que era como si la noche te saliera de adentro. Apretaste una vez mas y ahogaste el fuego, envolviéndonos en oscuridad. El silencio oprimía, tu respiración agitada resonaba cómo un grito en medio del ártico. Sentí como tus dedos se introducían con cuidado entre mis costillas y con un golpe sordo dejaste caer el órgano muerto adentro.

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