miércoles, 8 de octubre de 2014

Migo.

Una noche de Octubre, las luces de los autos brillaban con una intensidad inusual, parpadeando al ritmo del vals de colectivos y voces apagadas que se escurre como aceite cubriendo todo el ancho y largo de la ciudad de Buenos Aires, como en una sartén enorme. El humo de los cigarrillos que colgaban de nuestros dedos perezosos por la ventana del auto se resbalaba por nuestra piel hasta fundirse con el tango murmurado, frenamos en un semáforo, contribuíamos con la estática porteña auxiliados por una canción que habla de un león que te busca y no te encuentra, el tren que pasa por arriba del puente pacífico iluminó, abriendo y cerrando sus decenas de ojos ciegos, nuestras caras perdidas entre la multitud de otras caras. Y ahí me vi. Si fue por un capricho del mar arenoso en dónde flota el tiempo, si fue por las luces que brillaban eclécticas, distrayendo a las leyes del universo, si fue por lo que se haya que haya sido, una noche de octubre se ahogaron las paredes, fundiéndose en una sola, se mimetizaron durante un instante de ruido y brillaron durante un segundo dos personas iluminadas por un foco de luz de otro mundo. No me moví, no parpadeé. Yo con las manos pegadas en la ventanilla del tren miraba hacia afuera, hacía dónde estaba yo. Nos reconocimos y todo se terminó. El tren siguió. Si el tren seguriá y dará la vuelta para volver a internarse en un universo que quizás jamás vuelva a tocarse con el mío no lo sé. Si el tren seguirá y no dará la vuelta y seré yo quien vuelva a mí mundo tampoco. Bajé la mirada hacia el asiento, el tema del león seguía sondando y las luces brillaban, parecían haberse vuelto locas
- ¿No estás re disfrutando el viaje?
- Sí.
El semáforo se puso verde.

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