jueves, 2 de octubre de 2014

Como si no hubiera que cruzar el mar

Capítulo 1

La comitiva

Avanza con el paso rítmico del hombre de guerra, la ropa desgastada le va grande y ondea suavemente con la brisa húmeda de la mañana, pegándose a su cuerpo flaco. Camina a la sombra de las acacias, resguardándose del calor, sus botas negras y brillantes a fuerza de lustre levantan nubecillas de polvo color rojo, color que aprendió a odiar. El rojo es el color de la sangre. El polvo le ensucia la piel, curtida por el ardiente sol del África. Debajo de un par de cejas negras y tupidas fulguran dos ojos azules. Mira al frente, siempre al frente y pestañea poco a pesar de la tierra y del viento, en las trincheras ninguno pestañea en demasía, cerrar los ojos es para los muertos.
El suave murmullo del pastizal ahoga los pasos del regimiento que marcha en desorden y en silencio. La sabana se despereza, la sombra de un halcón peregrino cruza como una flecha a su lado y segundos después el grito desesperado de un babuino indica que el ave se cobró una presa. El soldado mira al cielo, la oscuridad se retira lentamente para dejar lugar al alba, los rayos de sol como serpientes doradas tiñen el cielo de naranja, recortando la silueta de un baobab que se alza solitario en medio de la llanura.
De pronto su expresión obstinada se disuelve en una maraña de ojos desorbitados y la contracción muscular repentina del que perdió algo valioso, el soldado se lleva una mano encrespada al pecho y se tranquiliza al sentir que todavía está allí, guarnecida contra su corazón. Es una fotografía en blanco y negro, se ve una casa de ventanas con marcos blancos y una puerta entreabierta, en el umbral posa una pareja de recién casados, ella tiene el pelo rubio y corto, la mandíbula cuadrada, él apoya la cara en su hombro y en sus ojos brilla el fantasma de la risa, las manos de ambos se entrelazan en el vientre de la muchacha, redondeado por el embarazo. A pesar de las sonrisas y la calma aparente, casi podría adivinarse el temblor de los labios pálidos de la joven madre, él esta incómodo en el uniforme del ejército, demasiado nuevo, demasiado grande, demasiado. Los ojos de ella brillan, sus dedos se entrelazan con fuerza, los nudillos de él están blancos. Se relaja al sentir los bordes rígidos bajo sus dedos y su brío retorna renovado.
Ha vivido horrores inimaginables, visto hombres, muchachos, morir llamando a su madre, gimiendo aterrorizados, olido la putrefacción de sus cuerpos y sentido en el sabor de la bilis subir por su garganta, ha escuchado el gorgoteo final con el que se ahogan las súplicas, acunado a un desconocido entre sus brazos prometiéndole que todo terminaría pronto. Había temblado sin saber si podría alguna vez dejar de temblar. Había creído que estaba loco, llegó a pensar que nunca jamás existió nada además de la guerra. Una vez olvidó las manos cálidas y pequeñas que sostuvieron las suyas, allá lejos y hacía tiempo, y nunca pudo volver a recordarlas. Tampoco podía recordar la suave redondez de la panza de su mujer, no recordaba su voz. Apenas sí sabía lo que era no tener miedo. La violencia introdujo allá en el campo, entre el barro y la sangre, un puño llameante en él y le arranco un pedazo de alma que, quizás, nunca recuperará.
Perdido en sus pensamientos se pregunta si cuando la vea ella lo reconocerá, sacude la cabeza para ahuyentar la terrible idea de que será el quién no la reconozca, clava los ojos en la espalda del que camina adelante y su gesto se endurece, está seguro de que será ella quién no lo reconozca, el mismo no se reconocería, piensa en su hijo y vuelve a sacudir la cabeza, sus nudillos se ponen blancos cuando sus uñas se clavan en la palma de sus manos, y pierde el ritmo durante un segundo en el que un remolino de dudas y sombras y hombres muertos lo enceguecen. Vuelve a la realidad y recuerda que la única forma de seguir vivo es el presente. No debe mirar atrás.
Con sus dedos delinea el contorno del arrugado pedazo de papel y casi sin darse cuenta respira aliviado. Aquella es la prueba irrefutable, de que aquel joven está todavía en algún lugar, de que tiene un hogar, de que la guerra no fue ayer, hoy, siempre. Cierra los ojos y aspira hondo, una, dos veces, tres. Saca fuerzas del pasado para luchar con uñas y dientes contra el presente. Y avanza levantando nubecillas de polvo rojo, sin pestañear, con los ojos brillantes y el ceño fruncido, aferrado a una foto como un náufrago a un tablón, como si no hubiera que, todavía, cruzar el mar.

Son nueve, contando a Usnavy el guía, y todos ellos están heridos. La comitiva cruza el continente africano en dirección a Tunis, una pequeña ciudad a partir de dónde se encontrarán en tierra de aliados. Allí serán recogidos por un camión que los llevará hacia la costa. Dos irlandeses, dos ingleses, un francés y tres americanos.
El francés, Antoine, silba distraídamente mientras camina, sus cejas entrecanas revelan que es el mayor de todos. Lleva lo que en algún momento fue una mano en un cabestrillo, un trapo sucio recubre el muñón.  Don, un inglés reservado y silencioso que vivió toda su vida en Irlanda,  y El Leprechaun, apodo irónico que se ganó el irlandés por su colosal tamaño, caminan uno junto al otro hablando por lo bajo, un día tras otro se repite la misma conversación, acerca de cómo cuando lleguen comprarán un barco y se convertirán en mercantes, importarán té de la india. El bigote rojo y bien cuidado del Leprechaun tiembla con cada murmullo excitado y el semblante parco de Don se ilumina un poco cada vez que tocan el tema. Don camina apoyándose en un bastón, la explosión de una granada le arrancó un pedazo de muslo.
La amistad de aquellos dos empezó cuando, al segundo día de caminata, el irlandés se acercó a su carpa y depositó un bastón cuidadosamente tallado farfullando algo acerca de que allá en casa era carpintero. Las heridas del Leprechaun no son visibles pero pueden adivinarse en los múltiples tics que dominan su cara, los médicos decidieron enviarlo a casa luego de una serie de ataques de pánico en dónde destruyó medio campamento bramando como un toro, severo trastorno de estrés post-traumático dijeron.
Los otros cinco caminan en silencio, mirando fijamente el camino. Tony y Marco son hermanos, de Brooklyn, es por uno de los azares de la vida que no fueron separados, una de las piernas de Marco fue amputada y es su hermano menor quién lo asiste. Cuando se enteró de que iban a enviarlo solo y malherido a cruzar un continente salvaje, Tony irrumpió en la carpa de los generales como un huracán y solicitó permiso para asistir a su hermano durante el viaje. Al principio el muchacho de pelo rubio y ojos pálidos, a pesar de sus profundas ojeras, bromeaba y se la pasaba hablando de cómo sería recibido por su madre y sus hermanas, de cómo por fin dejaría de dormir en un lugar húmedo y frío. Marco explotó un día y casi histérico le espetó a su hermano que era un idiota, que si acaso no se daba cuenta que en un mes tendría que volver a la guerra, y que él dormiría en un lugar caliente sabiendo que su hermano temblaba en una trinchera. A partir de ese momento Tony se sumió en un hosco silencio.
Noah, el tercer americano camina con los ojos cerrados apoyando una mano en el hombro de Usnavy, el guía, una explosión lo dejó parcialmente ciego y sumamente sensible a la luz, de vez en cuando le pregunta al pequeño guía cuanto falta. Usnavy es hombre libanés, quien afirma con orgullo que su nombre se lo puso su padre en honor a un barco americano, la primera vez que contó la historia estallaron todos en divertidas carcajadas, pero nadie tuvo el corazón para explicarle al hombrecito que su nombre en realidad significaba navío americano. US Navy.
El octavo miembro de la comitiva de heridos es Asa, su nariz elegante y alargada se encuentra permanentemente fruncida en un gesto de asco, es el único de ellos que no está herido de gravedad, hijo de un irlandés millonario, Asa tiró de los hilos hasta conseguir que las influencias de su padre lo ayudaran a salir de aquel horror de hombres heridos y bombas aéreas blandiendo un par de quemaduras superficiales como carta blanca.
Y por último está el. Desliza distraídamente un dedo dentro de los vendajes de su brazo izquierdo para rascarse, endemoniados boches piensa cuando al aflojar la presión en la herida, que le ha destrozado el hueso del antebrazo, un dolor sordo y agudo lo invade.
- Caleb, ¡Caleb! – El vozarrón del Leprechaun lo arranca de sus pensamientos, ligeramente irritado levanta las cejas para indicar que está escuchando - Ustedes los ingleses saben del mar, de barcos ¿Cuánto cuesta un barco? – Caleb había estado esperando la pregunta, pues suponía que Don no tendría ni la más remota idea, y  que inevitablemente esperarían que él, el otro inglés, tuviera la respuesta. Finge pensarlo durante unos momentos solo para molestar al pelirrojo, se aclara la garganta y anuncia – No tengo ni la más remota idea Lep. – El gigante lo mira confundido durante un segundo y luego lanza una risotada – Malditos ingleses – le espeta con una sonrisa. Asa, quién camina unos pasos por delante, hace un gesto como si espantase una mosca y comenta por lo bajo – No podrías comprar un barco ni aunque trabajaras durante el resto de tu vida. - La sonrisa del irlandés se desvanece y clava la mirada en sus gigantescos pies. Caleb aprieta los dientes y recurre a toda su fuerza de voluntad para reprimir el impulso de arrancarle a patadas de la cara a Asa ese estúpido gesto de suficiencia, aprieta los dientes y hace caso omiso del comentario. – De todos modos creo que, entre los dos, podrían comprar fácilmente un barco. – afirma como quién no quiere la cosa. Don lo mira agradecido cuando Lep sonríe tímidamente y retoma la conversación con entusiasmo. En realidad no tiene idea, el es un joven de campo, nacido y criado en York, pero desea fervientemente tener razón.

Transcurren las horas y el paisaje parece ser siempre el mismo, sin embargo Usnavy los guía con seguridad, dice que en tres días llegarán a Tunis. 

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