Capítulo 1
La comitiva
Avanza con el paso rítmico del hombre
de guerra, la ropa desgastada le va grande y ondea suavemente con la brisa
húmeda de la mañana, pegándose a su cuerpo flaco. Camina a la sombra de las
acacias, resguardándose del calor, sus botas negras y brillantes a fuerza de
lustre levantan nubecillas de polvo color rojo, color que aprendió a odiar. El
rojo es el color de la sangre. El polvo le ensucia la piel, curtida por el
ardiente sol del África. Debajo de un par de cejas negras y tupidas fulguran
dos ojos azules. Mira al frente, siempre al frente y pestañea poco a pesar de
la tierra y del viento, en las trincheras ninguno pestañea en demasía, cerrar
los ojos es para los muertos.
El suave murmullo del pastizal ahoga
los pasos del regimiento que marcha en desorden y en silencio. La sabana se
despereza, la sombra de un halcón peregrino cruza como una flecha a su lado y
segundos después el grito desesperado de un babuino indica que el ave se cobró
una presa. El soldado mira al cielo, la oscuridad se retira lentamente para
dejar lugar al alba, los rayos de sol como serpientes doradas tiñen el cielo de
naranja, recortando la silueta de un baobab que se alza solitario en medio de
la llanura.
De pronto su expresión obstinada se
disuelve en una maraña de ojos desorbitados y la contracción muscular repentina
del que perdió algo valioso, el soldado se lleva una mano encrespada al pecho y
se tranquiliza al sentir que todavía está allí, guarnecida contra su corazón.
Es una fotografía en blanco y negro, se ve una casa de ventanas con marcos
blancos y una puerta entreabierta, en el umbral posa una pareja de recién
casados, ella tiene el pelo rubio y corto, la mandíbula cuadrada, él apoya la
cara en su hombro y en sus ojos brilla el fantasma de la risa, las manos de
ambos se entrelazan en el vientre de la muchacha, redondeado por el embarazo. A
pesar de las sonrisas y la calma aparente, casi podría adivinarse el temblor de
los labios pálidos de la joven madre, él esta incómodo en el uniforme del
ejército, demasiado nuevo, demasiado grande, demasiado. Los ojos de ella brillan,
sus dedos se entrelazan con fuerza, los nudillos de él están blancos. Se relaja
al sentir los bordes rígidos bajo sus dedos y su brío retorna renovado.
Ha vivido horrores inimaginables, visto
hombres, muchachos, morir llamando a su madre, gimiendo aterrorizados, olido la
putrefacción de sus cuerpos y sentido en el sabor de la bilis subir por su
garganta, ha escuchado el gorgoteo final con el que se ahogan las súplicas, acunado
a un desconocido entre sus brazos prometiéndole que todo terminaría pronto. Había
temblado sin saber si podría alguna vez dejar de temblar. Había creído que
estaba loco, llegó a pensar que nunca jamás existió nada además de la guerra. Una
vez olvidó las manos cálidas y pequeñas que sostuvieron las suyas, allá lejos y
hacía tiempo, y nunca pudo volver a recordarlas. Tampoco podía recordar la
suave redondez de la panza de su mujer, no recordaba su voz. Apenas sí sabía lo
que era no tener miedo. La violencia introdujo allá en el campo, entre el barro
y la sangre, un puño llameante en él y le arranco un pedazo de alma que, quizás,
nunca recuperará.
Perdido en sus pensamientos se pregunta
si cuando la vea ella lo reconocerá, sacude la cabeza para ahuyentar la
terrible idea de que será el quién no la reconozca, clava los ojos en la
espalda del que camina adelante y su gesto se endurece, está seguro de que será
ella quién no lo reconozca, el mismo no se reconocería, piensa en su hijo y
vuelve a sacudir la cabeza, sus nudillos se ponen blancos cuando sus uñas se
clavan en la palma de sus manos, y pierde el ritmo durante un segundo en el que
un remolino de dudas y sombras y hombres muertos lo enceguecen. Vuelve a la
realidad y recuerda que la única forma de seguir vivo es el presente. No debe
mirar atrás.
Con sus dedos delinea el contorno del
arrugado pedazo de papel y casi sin darse cuenta respira aliviado. Aquella es
la prueba irrefutable, de que aquel joven está todavía en algún lugar, de que
tiene un hogar, de que la guerra no fue ayer, hoy, siempre. Cierra los ojos y
aspira hondo, una, dos veces, tres. Saca fuerzas del pasado para luchar con
uñas y dientes contra el presente. Y avanza levantando nubecillas de polvo
rojo, sin pestañear, con los ojos brillantes y el ceño fruncido, aferrado a una
foto como un náufrago a un tablón, como si no hubiera que, todavía, cruzar el
mar.
Son nueve, contando a Usnavy el guía, y
todos ellos están heridos. La comitiva cruza el continente africano en
dirección a Tunis, una pequeña ciudad a partir de dónde se encontrarán en
tierra de aliados. Allí serán recogidos por un camión que los llevará hacia la
costa. Dos irlandeses, dos ingleses, un francés y tres americanos.
El francés, Antoine, silba
distraídamente mientras camina, sus cejas entrecanas revelan que es el mayor de
todos. Lleva lo que en algún momento fue una mano en un cabestrillo, un trapo
sucio recubre el muñón. Don, un inglés
reservado y silencioso que vivió toda su vida en Irlanda, y El Leprechaun, apodo irónico que se ganó el
irlandés por su colosal tamaño, caminan uno junto al otro hablando por lo bajo,
un día tras otro se repite la misma conversación, acerca de cómo cuando lleguen
comprarán un barco y se convertirán en mercantes, importarán té de la india. El
bigote rojo y bien cuidado del Leprechaun tiembla con cada murmullo excitado y
el semblante parco de Don se ilumina un poco cada vez que tocan el tema. Don
camina apoyándose en un bastón, la explosión de una granada le arrancó un
pedazo de muslo.
La amistad de aquellos dos empezó
cuando, al segundo día de caminata, el irlandés se acercó a su carpa y depositó
un bastón cuidadosamente tallado farfullando algo acerca de que allá en casa
era carpintero. Las heridas del Leprechaun no son visibles pero pueden
adivinarse en los múltiples tics que dominan su cara, los médicos decidieron
enviarlo a casa luego de una serie de ataques de pánico en dónde destruyó medio
campamento bramando como un toro, severo trastorno de estrés post-traumático
dijeron.
Los otros cinco caminan en silencio,
mirando fijamente el camino. Tony y Marco son hermanos, de Brooklyn, es por uno
de los azares de la vida que no fueron separados, una de las piernas de Marco
fue amputada y es su hermano menor quién lo asiste. Cuando se enteró de que
iban a enviarlo solo y malherido a cruzar un continente salvaje, Tony irrumpió
en la carpa de los generales como un huracán y solicitó permiso para asistir a
su hermano durante el viaje. Al principio el muchacho de pelo rubio y ojos
pálidos, a pesar de sus profundas ojeras, bromeaba y se la pasaba hablando de
cómo sería recibido por su madre y sus hermanas, de cómo por fin dejaría de
dormir en un lugar húmedo y frío. Marco explotó un día y casi histérico le
espetó a su hermano que era un idiota, que si acaso no se daba cuenta que en un
mes tendría que volver a la guerra, y que él dormiría en un lugar caliente
sabiendo que su hermano temblaba en una trinchera. A partir de ese momento Tony
se sumió en un hosco silencio.
Noah, el tercer americano camina con
los ojos cerrados apoyando una mano en el hombro de Usnavy, el guía, una
explosión lo dejó parcialmente ciego y sumamente sensible a la luz, de vez en
cuando le pregunta al pequeño guía cuanto falta. Usnavy es hombre libanés, quien
afirma con orgullo que su nombre se lo puso su padre en honor a un barco
americano, la primera vez que contó la historia estallaron todos en divertidas
carcajadas, pero nadie tuvo el corazón para explicarle al hombrecito que su
nombre en realidad significaba navío americano. US Navy.
El octavo miembro de la comitiva de
heridos es Asa, su nariz elegante y alargada se encuentra permanentemente
fruncida en un gesto de asco, es el único de ellos que no está herido de
gravedad, hijo de un irlandés millonario, Asa tiró de los hilos hasta conseguir
que las influencias de su padre lo ayudaran a salir de aquel horror de hombres
heridos y bombas aéreas blandiendo un par de quemaduras superficiales como
carta blanca.
Y por último está el. Desliza
distraídamente un dedo dentro de los vendajes de su brazo izquierdo para
rascarse, endemoniados boches piensa cuando al aflojar la presión en la herida,
que le ha destrozado el hueso del antebrazo, un dolor sordo y agudo lo invade.
- Caleb, ¡Caleb! – El vozarrón del
Leprechaun lo arranca de sus pensamientos, ligeramente irritado levanta las
cejas para indicar que está escuchando - Ustedes los ingleses saben del mar, de
barcos ¿Cuánto cuesta un barco? – Caleb había estado esperando la pregunta, pues
suponía que Don no tendría ni la más remota idea, y que inevitablemente esperarían que él, el otro
inglés, tuviera la respuesta. Finge pensarlo durante unos momentos solo para molestar
al pelirrojo, se aclara la garganta y anuncia – No tengo ni la más remota idea
Lep. – El gigante lo mira confundido durante un segundo y luego lanza una
risotada – Malditos ingleses – le espeta con una sonrisa. Asa, quién camina
unos pasos por delante, hace un gesto como si espantase una mosca y comenta por
lo bajo – No podrías comprar un barco ni aunque trabajaras durante el resto de tu
vida. - La sonrisa del irlandés se desvanece y clava la mirada en sus
gigantescos pies. Caleb aprieta los dientes y recurre a toda su fuerza de
voluntad para reprimir el impulso de arrancarle a patadas de la cara a Asa ese
estúpido gesto de suficiencia, aprieta los dientes y hace caso omiso del
comentario. – De todos modos creo que, entre los dos, podrían comprar
fácilmente un barco. – afirma como quién no quiere la cosa. Don lo mira
agradecido cuando Lep sonríe tímidamente y retoma la conversación con
entusiasmo. En realidad no tiene idea, el es un joven de campo, nacido y criado
en York, pero desea fervientemente tener razón.
Transcurren las horas y el paisaje
parece ser siempre el mismo, sin embargo Usnavy los guía con seguridad, dice
que en tres días llegarán a Tunis.

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